miércoles, 22 de mayo de 2013

Como te conocí cap IV Miedos y muros

Esa noche fue increible, una locura. El desenfreno se había apoderado de los dos. Exploró mi cuerpo con sus manos y su lengua, como jamás lo habían hecho. Parecía conocer todos mis puntos débiles, hacía que me extremeciese con cada caricia. Sus manos parecían conocer cada rincón de mi piel, y sabía como hacerme reaccionar al más mínimo roce.  No recordaba la última vez que sentí un escalofrío que recorriese todo mi cuerpo, tan sólo con una caricia, y él lo consiguió con cada una de ellas. Dos horas más tarde recogí mi ropa del suelo, me vestí y me fui, no sin antes despedirnos en la puerta, sus ojos nuevamente se retornaron gélidos y sus labios sólo consiguieron darme un frío beso casi rozando la comisura de los labios, al que debería acostumbrarme. Aún cuando recuerdo esa noche, y noto que se me corta la respiración. 

Supongo que la embriaguez, nuevamente había hecho estragos en nosotros, aunque para mí fue algo especial, ya que jamás había sentido nada parecido; no debía darle la mayor importancia. Para él no habrá sido nada más que una noche de sexo vacío de todo, por lo que no debo hacerme ilusiones de ningún tipo, ni de volver a verle, ni de seguir escribiéndonos.

Día más tarde seguimos escribiéndonos, no con el misma impetu que al principio. Por mi parte no quería darle a entender que jamás nadie me había hecho disfrutar tanto. Su mirada fría y sus besos vacíos no paraban de rondar mi cabeza explicándome a gritios que no era nada más que eso, una noche de sexo y posiblemente alguna más, si realmente al caballero gay le apetecía.

Y así fue, una semana más tarde me propuso quedar en un hotel, lo cierto es que al principio no me convencía la idea, pero necesitaba sentirle de nuevo. Sólo en pensar como sus manos hábiles habían explorado mi cuerpo, todos mis músculos, hasta los más ocultos, se estremecían. Finalmente pensé que si conseguía mantener mi cabeza fría podría disfrutar de esa noche.

Salgo de trabajar, nerviosa y ansiosa, parezco una adolescente a la que parece que esten espiando y siguiendo sus padres. La proposición de cena y hotel, ya no me parecía tan descabellada; pero igualmente desconozco el motivo de mi nerviosismo, y mi cabeza nuevamente va a mil por hora. ¿Debería darle dos besos tal y cómo hizo él la última vez? Si lo hiciese quizás pareciera que se tratase de un pacto entre amigos; pero si le beso directamente en mitad de la calle, no sé que pensará. Tampoco soy de esas personas que suelen mostrar ningún tipo de cariño, así que no veo el motivo por el que tenga que aproximarme a esos labios que me resultan tan apetecibles. De camino, en el metro, me reprimo mentalmenteque le daré dos besos, no es más que un trato de sexo mutúo, no hay nada más.
Pero al salir del metro, lo veo allí esperando, igual de sensual que siempre, con esa media sonrisa que me desconcierta, y esa mirad aque me perturba. Mientras mis pies me acercan hasta él, me repito mentalmente una y otra vez, como si se tratase de un tantra, no le beses, no le beses, no le beses. Esos labios me llaman hasta lo más profundo de mi ser y no puedo evitar que mis labios se aproximen a los suyos y mi lengua penetre en su boca comenzando a jugar con la suya, mientras mis manos acarician suavemente su rostro. Mi mente se despierta y deja de un lado mis instintos, haciendo que me separe y baje la mirada a modo de reprimenda.

Caminamos nuevamente, al igual que la vez anterior a un metro de dsitancia, hasta el hotel, sus palabras más agradables hasta la puerta del hotel han sido: ¿Llevarás el DNI no? Es que lo piden para el registro de la habitación. A lo que me hubiese encantado contestar: Nooooo, suelo ir indocumentada por la vida. Pero reprimí mis ganas de contestar de forma irónca, es más, reprimí las ganas de contestarle, y tan sólo asentí con la mejor de mis sonrisas sin llegar a alzar la vista para ver esos ojos que quizás estaban penetrando mi alma. Subimos en el ascensor, separados nuevamente y sin dirigirnos la palabra.

Esta es la habitación, dijo mientras abría la puerta. Había llegado antes que yo, eso seguro, ya que sus cosas estaban allí. Sólo he sido capaz de echar una ojeada a la habitación y dejar mi bolso encima del escritorio, ya que segundos más tarde se abalanza sobre mí tirándome en la cama, besándome con la misma necesidad que lo había hecho el primer día. Comienza a acariciarme por encima de la ropa, rozándose contra mí y haciendo que me pierda nuevamente, mi cabeza se calla y todo mi cuerpo se despierta. Continúa desnudándome poco a poco, con suavidad pero sin parar de besarme con esa fuerza y pasión que hace que le necesite aún más. Y cada vez que sus manos rozan mi piel mientras me desprende de una de mis piezas de ropa, un jadeo sale de mi boca sin remedio, se quita los zapatos y la camiseta; y permite que vea ese cuerpo que me vuelve loca, vuelve a acercarse a mí con esa seguridad que le caracteriza y sus brazos me rodean, haciéndo que su torso se aproxime tanto a mi pecho que noto como le late el corazón. Me quita el sujetador y sus manos comienzan a acariciar mis pechos suavemente haciendo que cada vez se pongan más duros y que gima de placer; mientras juega con su ya muy pronunciado miembro rozándose contra mí y poniendome cada vez más a tono. Todos mis sentidos se acentúan y cada vez soy más sensible a sus caricias, mis gemidos incontrolables hacen que sus jadeos casi ni se oigan, de tanto placer hace que casi roce el orgasmo. Se quita el pantalón y se desprende de mis bragas con gran destreza para finalmente penetrar en mí, haciendo que un escalofrío de placer recorra mi cuerpo de pies a cabeza.
No cesa en darme placer con todo su cuerpo y manejarme a su antojo; parece ser insaciable, y mis orgasmos cada vez son más intensos, hasta que finalmente estalla en un orgasmo tan intenso que veo como su boca se abre y gime de placer llegándo al clímax. Cae rendido encima de mí, jadeando, y siento como mi corazón bombea al mismo ritmo que el suyo. Y de mi boca sale de forma entrecortada: ¿Estás bien? Esta vez, es él el que asiente y no es capaz de mirarme a los ojos.

 Mi cabeza vuelve a despertar, y hace hicapié en recordarme que sólo ha sido el mejor sexo de mi vida, y baila al son de una música de conga.

Tras un par de minutos de descanso, hablar de un par de banalidades, y beber un trago de agua, que habilmente había puesto cerca de la cama; vuelve esa mirada de deseo en su rostro, y comienza a besarme, para acabar penetrándome de nuevo. ¿En serio? ¿Esto es real? Nunca había conocido a alguien con el mismo deseo que yo, no creía que un hombre pudiese estar tan dispuesto como yo, tras varias horas de sexo, va a ducharse tras comentarme que deberíamos cenar después de tanto desgaste. Aún extasiada y habiéndo perdido la cuenta del total de orgasmos que él había conseguido arrancar de mí, voy a la ducha, sintiéndome que floto en una nube.

Nos vestimos y empezamos a caminar nuevamente buscando un sitio para cenar, me gustaría que fuese un sitio normal, nada chic ni sofitiscado. Así que mientras andamos nos vamos comentando que nos gustaría cenar y que sitios descartamos ambos, la conversación comienza a fluir nuevamente entre los dos, hasta que un rato más tarde, vemos que hay una mesa en un restaurante no demasiado pijo y la carta es variada. Seguimos conversando mientras bebemos una copa de vino, para mi caballero gay, y una cerveza, para la punk. No puedo parar de mirar esos ojos que me tienen encandilada, de vez en cuando baja la mirada, no sé si porque le molesta que le mire tan fijamente o que le da algo de vergüenza. Traen la pizza y unas patatas bravas que pican en exceso, mientras cenamos seguimos riéndonos. Esta vez, es una sonrisa sincera,, nada forzado y parece que cada vez fluye más la confianza entre nosotros y hablamos de nosotros mismos, vivencias, anécdotas, ...

Terminamos de cenar y decidimos tomar una copa antes de volver al hotel, caminamos y nos sentamos nuevamente en una terraza, aunque no creo que sea muy recómendable para su resfriado. Nos tomamos un gintonic y vuelve esa mirada fría que me perturba. Así que le pregunto si se encuentra bien, a lo que él simplemente responde que tiene algo de frío por el resfriado. Terminamos el gintonic y volvemos al hotel.

Nos cambiamos y nos ponemos más cómodos, en mi caso llevo el pijama menos erótico que se pueda imaginar, un pijama comprado en la oysho con el dibujo estampado de la abeja maya. Me mira risueño y su mirada vuelve a tornarse sexy. Mmmmm, como me pone ese pijama y me señala la cama para que me acerque.
Tras otra sesión de horas de sexo increiblemente placentero, mi cabeza sólo me chilla: no te duermas, no te duermas, no te duermas y vete. No le he explicado que sufro de terrores nocturnos, por miedo, y el pánico comienza a ocupar el lugar que antes ocupaba el placer. Pero debido a la tranquilidad y serenidad que él me presta, caigo en un sueño profundo. Una hora más tarde me despierto con un espasmo, asustada y con la respiración entrecortada. Se acerca a mí, me abraza por detrás aún más fuerte y me acerca a él: Shhhh, tranquila, ya está. Me besa la cabeza, vuelvo a entrar en ese estado que sólo él puede conseguir y vuelvo a quedarme dormida.

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