Dicen que nunca ha sido fácil asumir una derrota, y ésta no iba a ser diferente.
Cada día que pasaba se iba sumando más la necesidad de sentirle, de que sus manos acariciasen mi piel como si quedase algún poro por descubrir, de sentir como cada uno de sus besos despertaban en mi toda la pasión oculta y sentir morirme entre sus brazos.
Los días en que no podíamos vernos, se me hacían eternos e insulsos; y contaba los días y las horas para poder verle. Cuando por fin podíamos vernos se nos escapaba el tiempo entre los dedos y mi enemigo, el reloj, marcaba la hora de partir. Odiaba esas despedidas, cada vez que nos decíamos adiós, era como si parte de nosotros se apagase, y el no saber cuando nos volveríamos a ver, nos martirizaba. Y eso, tarde o temprano nos pasaba factura.
Aunque sabía que no nos veríamos durante un largo mes, me había hecho a la idea. Le hice entender que debía disfrutar de ese mes y que debíamos confiar el uno en el otro. Pero las cosas no son nunca como uno las planifica.
Desgraciadamente, una serie de fatidicos sucesos iban a hacer que le necesitase más que nunca y él no estaba. Mi cabezonería hizo que no pidiese socorro cuando me estaba ahogando, y su frialdad no hacía más que alejarme más y más. Creía que si le pedía ayuda, aún iba a alejarle más, y no tenía la necesidad de pensar en mis problemas
De nuevo me encontraba sola, y con la sensación que estaban pisoteandome el corazón. Siempre he intentado que no me afecte lo más mínimo nada relacionado con el tema del amor. Siempre he racionalizado cada uno de los sucesos del proceso llamado enamoramiento. Pero esta vez, todo iba a ser diferente, nada habia sido racional, me habia dejado llevar, y cada día sentía más la necesidad de contarle todas mis pesadillas, mis temores y mis sinsabores. De alguna manera sabía que si lo hacía todo iba a cambiar, y siempre he conseguido alejar todo el terror en un rincón de mi mente y sufrirlos a mi manera. Asi que una vez más contuve todos mis males y mis temores y no le expliqué nada.
Se alejaba más de mí y se me escogía el corazón cada mensaje que recibía; más allá de todos mis problemas, mi mayor quebradero de cabeza y el mayor tiempo pensaba en él. A veces cogía el teléfono y pensaba en sí debía o no debía escribirle, acallaba mis pensamientos y volvía a dejar el teléfono en su sitio. Me moría de ganas de escribirle, de escuchar su voz, de saber de él. Y nuevamente una voz en mi cabeza decía no lo hagas, no lo hagas, y recordaba como le habia incomodado alguna vez que le habia escrito, enviado fotos o llamarle sin avisar en un momento de desespero. Aún pensando en ello noto como se humedecen mis ojos y se burlan de mi dejando caer lágrimas.
Siento sus caricias y sus besos como un tatuaje en mi piel, me quema cada segundo que pasa y siento como si me hubiesen clavado mil agujas diminutas en lo más profundo, mi cabeza no para de repetir te lo avisé y mi corazón solo pide auxilio a gritos. Es como si hubiesen roto en pedazos toda la ilusión y hubiesen dibujado una mueca sobre mi sonrisa infantil.
Aún asi, no paro de pensar en su sonrisa, sus suspiros, sus rarezas, y su niño interior. Como dije al principio no es fácil asumir una derrota, cuando te han vencido y tirado con el montón de cadáveres hundidos por el desamor.