Me desperté como pude, cabizbaja y sin ganas de que latiese nuevamente mi corazón. Me había despedido de él, y no podía pensar en nada más que no fuese como sus besos y sus "buenos días", hacían que mi día a día fuese más llevadero. Miraba mi móvil y mi cabeza decía no lo hagas, recuerda que fue incapaz de de decir nada coherente para retenerte. Y así fui pasando la tarde, pensando en no escribir una sola palabra. Así era más fácil todo, el tiempo haría que todo pasase. No había sido nada más que unas cuantas sesiones de buen sexo para él; no debía darle más vueltas. Había sido sincera con él, le había confesado que no podía pasar más tiempo con él porque acabaría enamorandome y sintiendo más de lo que él podía asumir. Seguía repitiéndome mentalmente lo que me había dicho cara a cara: no quiero complicaciones, ni compromisos. En ningún momento le había pedido que se comprometiese conmigo, nunca le he pedido una "relación", ni he llamado a lo nuestro de ninguna manera exceptuando la palabra pacto, que sin duda me había saltado.
Son las 6 de la tarde y recibo la llamada de Lara.
- Como estás?
- Bien no te preocupes, ya sabes que soy dura, y esto no es nada.
- Menos mal que ayer estaba sobria yo, no te quiero volver a ver así. Nunca, y menos por un gilipollas que no merece la pena.
- No te preocupes, ya se me pasará.
- Sabes lo que me dijo ayer, cuando le pregunté porqué había venido a mearte la pierna? Que no había venido por ti. Así que no eres nada.... Me oyes?!
- Si te oigo....
Creo que fue el segundo momento en que sentí que mi corazón se resquebrajaba. Enmudecí, no sabía que contestar, después de esperarle, de decirle todo lo que sentía, después de todo, sin duda, sólo había sido alguien que calentaba su cama, cuando le apetecía. En ese instante recordé que sí que nos vio sentadas, y no tuvo el valor de acercarse. Sin duda no le importaba. Me sentí vacía, idiota, crédula. No merecía la pena, no había que darle más vueltas, ya me había despedido, así que no tenía que preocuparme.
Dos horas más tarde suena el movíl, nuevamente era el caballero gay. Que creía? Que con un, hola, no contestas, ya veo que no quieres hablar, iba a contestarle?. Se puede saber que pasa por esa cabeza hueca? Que se busque a alguien que le de lo que quiere y que me deje tranquila. Y así se lo hice saber, le comenté que buscase a alguien que el pacto le fuese bien y que me dejase en paz. Pero él insistó, quería volver a verme, incluso me llamó cobarde.
Cobarde yo? Fui la única que habló, él tan sólo asentía, y me decía que nos quedaban muchas cosas por hacer. Como si me fuese tan fácil volver a verle, pero me llamó cobarde, incluso me dijo que sé sintió engañado, que aquel ya nos veremos, no era un adiós, que no tenía derecho a mentirle.
Y por amor propio y orgullo, decidí que debía despedirme en condiciones, una vez más. Sólo una vez más, aunque se me partirse el alma con aquella situación, me merecía dar nuevamente una explicación y decir adiós definitivamente.
Esa noche, mi hermano, al ver mi estado de histeria y rabia, me convenció para salir a tomar algo. Dejé el móvil aparcado, y hablé durante horas con mi hermano. Me conoce lo suficiente como para saber que no hablo de mí, así que habló él y yo solo asumí el papel de escucharle, y tomar sus consejos al pie de la letra. Pero la rabia y el rencor sólo hacía que pensase lo idiota que había sido por confesarle todo, cuando para él no había sido nada.
Seguimos escribiendonos, yo me mantuve distante, no quería hacerme más daño, y él no cesaba en el empeño de volver a quedar, por ultima vez. A veces me daba la impresión que me quería retener a toda costa. Aún no entendía el porqué.
Llegó el día de volver a vernos. Salí del metro con los ánimos por los suelos, y allí estaba de pie esperando, inquieto creí por un momento que estaba nervioso, pero seguramente era mi imaginación que me jugaba una mala pasada. Intentaba aferrarme a la idea que alguna vez le importé y por eso mismo aparté esa absurda idea de la cabeza. Me acerqué a él cautelosamente, ya que ni si quiera sabía como debía saludarle, me contuve, y de mis labios sólo salió un hola con carencia de ánimo.
Se acercó, y sentí que me faltaba el aire, y en un acto de desespero, me aleje un poco más, no quería besarle, no quería darme ese placer, que después me pasaría factura.
Reculó, imagino que estaba tentado al igual que yo, e hizo un ademán de sonrisa para después pronunciarse:
- Te apetece hacer algo? Ir a tomar algo o lo que sea.
No recuerdo si fui capaz de decir algo, o simplemente dirigí mis pasos hacia su piso. No entendía aquella pregunta, ni su propósito, habíamos quedado para despedirnos, porque según él nos merecíamos esa despedida. La intención de quedar ya la sabía, así que no comprendía porque motivo quería alargar más aquella tarde.
Por primera vez, hicimos el amor. No era sólo sexo, me dejé llevar. No tenía nada que perder, sólo quería sentirle, acariciarle, abrazarle y besarle como si sus besos hiciesen que respirase de nuevo. Desnudé mi alma y dejé apartados mis muros, por una vez. Hubo instantes que sentí como sus manos temblaban al rozar mi piel, y se detenían mientras me observaba, con esos ojos gelidos, como si quisiera guardar aquella imagen en sus recuerdos. Olvidé por completo que se trataba de nuestra despedida, y disfruté de su ser como nunca antes lo había hecho.
Al terninar, me levanté, recogí mi ropa y comencé a vestirme de espaldas a él, de nuevo me sentía vacía, sin ilusión y con el corazón encogido. No quería mostrarle mi desasosiego. Iba a recoger mi bolso cuando vi que se vestía con ropa de calle, algo extraño en él; se sentó en una silla con las manos aguantando su cabeza mientras soltaba un bufido.
Me senté en su cama, y volví a explicarle que ya sabíamos que era una despedida, que no podíamos seguir viéndonos ya que yo había roto ese pacto, y seguir quedando implicaba que lo que sentía yo fuese en aumento; y que no quería llegar a enamorarme de él, porque sólo conseguria sufrir porque sabía que por su parte no había nada.
- Tienes algo que objetar?
Sólo esperaba que de sus labios, esos que me eran tan apatecibles, surgiese algo a lo que aferrarme, alguna frase que hiciese que le volviese a ver, algo que me hiciese recapacitar.
-No.
Aquello me partió el alma. Había dejado mis muros a un lado, le había desnudado mi alma, y tan sólo recibo un no. Sabía perfectamente que no sentía nada, pero pensé que diría que dejasemos pasar el tiempo, o alguna frase típica, que hiciese aquella despedida más llevadera.
Así que mi orgullo contestó por mí:
- Ves no era tan difícil.
Dejó la silla a un lado, se puso en frente de mí, me miró fijamante de nuevo con aquellos ojos que se introducían hasta lo más profundo de mi ser:
- Va no me vaciles.
Pensé que era un gilipollas integral, era lo que me faltaba por escuchar; así que recogí mi bolso y me dirigí a la puerta mientras me decía que me acompañaba hasta el metro, que le dejase venir conmigo.
No quería que me acompañase, no quería verle nunca más, le hubiese abofeteado. Sentía demasiada rabia, y no paraba de repetirme que esas cosas sólo me pasan por ingenua, credula e idiota.
Aquel camino se me hizo eterno, sólo quería irme a casa, a cada pasó que daba, más absurda me parecía la situación, y la rabia recorría por mí cuerpo como si de veneno se tratase. Me quería despedir con un adiós y arrancarle de mi vida, en todos los sentidos.
Al llegar a la parada de metro, se acercó lentamente, sentía su respiración, e introdujo una nota en el bolsillo de mi pantalón, y me dijo que lo leyese en el tren. Me giré y me fui, no quería mirarle ni un segundo más, sólo quería llegar a casa y alejarme de todo aquello.
Por fin cogí el tren y recordé la nota introducida en mi pantalón, la cogí, pensé en tirarla a la papelera y olvidar todo, pero la curiosidad pudo conmigo. Era una lista con las cosas que habíamos hablado nos hubiese gustado compartir, incluido fantasías sexuales, seguido de:
Te echaré de menos, no te olvidaré tan fácilmente, aunque no te lo creas. No es fácil encontrar a alguien como tú, no es fácil entenderse conmigo, y contigo siento esa conexión especial.
No entiendo como puedes dejar pasar tantas cosas buenas conmigo, lo bien que nos lo podíamos pasar y estar.
Pero sólo puedo respetarte y acatarlo, aunque me duela.
Deseo que seas feliz y que me tienes para lo que quieras. Espero verte algún día y que me vuelvas a sonreír.
No te olvidaré
Releí la nota un par de veces más y acto seguido, cogí mi móvil y escribí:
- Me has descolocado.