Todo en vano. No podía sentir, ya no.
El pequeño Duende la miró y al ver que no respondía a sus preguntas ni a sus caricias; empezó a zarandearla, le sacudió los brazos, las piernas, la cabeza. Pero no hubo respuesta alguna.
-Ay pequeña,... ¿no puedes hablar ni tocar, ¿Es eso? No se preocupe su Majestad que este humilde Duende velará por vuestra merced....
¿Tampoco sonríe Usted? Habré perdido mi chispa, o mi humor se ha quedado oxidado.
X desgracia Ella no pudo hacer nada, solo observaba, mientras intentaban hacerle reír sin ningún resultado.
A algunas leguas de allí, nuestro protagonista, llevaba días sin descansar, sin comer, y descuidandose.
Sus días se habían convertido en la rutina de levantarse con el primer rayo de sol y rastrear el bosque palmo a palmo. Y al llegar la noche volvía a casa desanimado, tambaleandose cuál alma en pena. Sólo le quedaban fuerzas para releer la carta una vez más.
Cuantas lágrimas vertidas, cuántos sinsentidos, cuántas ganas de volver a abrazarla y sentirla respirar en su pecho. Quizás ... ¿Amor? Se habia escapado entre sus dedos, y sentía la mayor desdicha que se pueda sentir, la soledad.
No era capaz de definir lo que sentía, quizás se habia enamorado?. No él nunca se podía enamorar, era frío, y enamorarse de Ella. No, no podía ser, o si?