Freddy, mi incansable periquito revoloteaba por el comedor rumbo a su rincón favorito, el altavoz antiguo de la estantería. Me observaba al acecho de la sorpresa que sabía perfectamente que le esperaba.
Abrí cuidadosamente el envoltorio de mi manjar favorito y rápidamente se aposentó en mis rodillas, poniendo esos ojos de pena que sabe perfectamente que me enternecen.
Con las uñas corté un trocito minúsculo, y se lo acerqué a su pico con la yema de mis dedos, se que para sus adentros sonrió.
Llamaron al timbre, la cartera supuse, abrí espitosa a la espera de alguna carta, paquete o algo similar ¡Por favor que no sean ni recibos, ni propaganda! pensé. Al abrir la puerta no recordé que mi moflete derecho estaba relleno de chocolate. Dolores, mi cartera, me miró y espetó una carcajada, intentó disimular que hasta mis labios se habían rebelado contra mi, y llevaban dibujado la prueba del delito, una línea deforme de chocolate.
En mi desespero por aparentar una pinta menos desandrajosa froté enérgicamente con la mano mi boca, todo fue a peor el chocolate se esparció aún más.
Miré a Dolores y le dije entre balbuceos que esperase un segundo, fui al comedor abrí la caja roja y cogí uno de mis manjares, recorrí del nuevo el piso y se lo entregué.
¡Muchas gracias! y cerré la puerta. De nuevo suena el timbre... Casi se me olvidaba darte el paquete
Un paquete de Hong Kong... ¿qué será?...
miércoles, 28 de abril de 2010
lunes, 19 de abril de 2010
Mirando por la ventana
Llevaba más de media hora mirando por la ventana como las gotas de lluvia revoloteaban intentando no tropezar entre ellas y deslizarse por las hojas del decrepito árbol, triste y solitario.
Entorné los ojos para observar que brillaba en aquella hoja mustia y amarillenta. ¿Qué era aquello que reclamaba mi atención? Me levanté del sofá estrepitosamente, chocando con mi pie derecho en la pata rota de la mesa vieja reciclada en alguno de los viajes al contenedor de mi barrio.
El vaso chocó contra el suelo, con las prisas se me olvidó calzarme las zapatillas horripilantes que mi abuela que en un alarde de generosidad y mal gusto me regaló, lógicamente uno de los cristales se clavó sin previo aviso en mi pie.
Pero ese detalle no era importante, quise ver que era aquello que brillaba y llamaba la atención de esa pequeña urraca que todos llevamos dentro.
Me avalancé sobre la ventana de aluminio maltrecha, y haciendo toda la fuerza que mis brazos lograron darme conseguí que la dichosa ventana cediera un poco, alargué mi mano por la pequeña ranura y por un momento sonreí. ¡Que idiota! estaba mirando como las gotas empapaban mi brazo burlandose de mi y haciendo cosquillas al crear el surco que otras más seguían.
A pesar de mis esfuerzos y mi postura ridicula, era incapaz de alcanzar ese objeto que ciega mis sentidos, estiro un poco más y ... Vualá!! Ahí estaba mi objeto preciado, nada más que un trozo de serpentina que se habría desprendido de cualquier valcón como símbolo de que un día estuvo adornado en una navidad larga y fría.
Sin más, recojo mi serpentina y la deposito encima del portatil, la observo y me planteo la gran pregunta ¿la guardo como si de un viejo tesoro se tratase o la lanzo simplemente a la basura dónde sus dueños decidieron tirar el resto de su cuerpo?
Entorné los ojos para observar que brillaba en aquella hoja mustia y amarillenta. ¿Qué era aquello que reclamaba mi atención? Me levanté del sofá estrepitosamente, chocando con mi pie derecho en la pata rota de la mesa vieja reciclada en alguno de los viajes al contenedor de mi barrio.
El vaso chocó contra el suelo, con las prisas se me olvidó calzarme las zapatillas horripilantes que mi abuela que en un alarde de generosidad y mal gusto me regaló, lógicamente uno de los cristales se clavó sin previo aviso en mi pie.
Pero ese detalle no era importante, quise ver que era aquello que brillaba y llamaba la atención de esa pequeña urraca que todos llevamos dentro.
Me avalancé sobre la ventana de aluminio maltrecha, y haciendo toda la fuerza que mis brazos lograron darme conseguí que la dichosa ventana cediera un poco, alargué mi mano por la pequeña ranura y por un momento sonreí. ¡Que idiota! estaba mirando como las gotas empapaban mi brazo burlandose de mi y haciendo cosquillas al crear el surco que otras más seguían.
A pesar de mis esfuerzos y mi postura ridicula, era incapaz de alcanzar ese objeto que ciega mis sentidos, estiro un poco más y ... Vualá!! Ahí estaba mi objeto preciado, nada más que un trozo de serpentina que se habría desprendido de cualquier valcón como símbolo de que un día estuvo adornado en una navidad larga y fría.
Sin más, recojo mi serpentina y la deposito encima del portatil, la observo y me planteo la gran pregunta ¿la guardo como si de un viejo tesoro se tratase o la lanzo simplemente a la basura dónde sus dueños decidieron tirar el resto de su cuerpo?
Me levanto de nuevo del sofá esta vez con cuidado de no tropezar, enciendo mi tocadiscos, muy recurrido en mis momentos melancolicos, ¡genial Edith Piaf! aposento mi trasero de nuevo en el sofá y mientras non je ne regrette rien invade el comedor, la lluvia ha cesado, y la serpentina continúa en el portatil a la espera de su futuro fin
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