miércoles, 14 de mayo de 2014

Las palabras mágicas

El pequeño duende veló por Ella siete largos días y siete largas noches. Al octavo día sus ojos se abrieron.
El Duende dio saltos de alegría y llenó de besos y babas Sus mejillas. Incluso unas pequeñas lágrimas brotaron de sus ojos de tanto júbilo como sentía en su interior.
- Pequeña mía! Ya estás de vuelta! Yuhu! - chillaba mientras seguía colmàndola de besos y achuchones.

Ella intentó calmar las ansias de felicidad del pequeño Duende, pero sus labios no respondían. Se agarró a su pecho para comprobar su estado. Nada. Sólo sombras. Ansiaba poder agradecer al minúsculo ser los desvelos de aquellos días, su cuerpo no respondió. Nuevamente, sombras.

Deseó poder llorar, chillar, correr, hablar, acariciar; al fin y al cabo sentir.

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