lunes, 3 de junio de 2013

Como te conocí cap VII Despedidas en una fuente

Deseaba poder decirle que todo se habia acabado. Cada vez que pensaba en él, no podía dejar de recordar que sólo estaba a mi lado porque me había saltado el pacto y él lo había aceptado. Aquella nota que leía día tras día, me hacía pensar en que solo me estaba dando lo que yo quería oír y quería que él sintiese. Recapacité y sabía que solo me estaba reteniendo, no habia nada entre nosotros, y era algo en lo que tenía que pensar, no se si estaba dispuesta a aceptar. A mi me habia calado hasta los huesos y solo tenía una falsa ilusión a la que aferrarme. Necesitaba alejarle de mí, y aún no sabía cómo hacerlo.
 
Por alguna razón seguimos hablando, y escribiendonos sin cesar. Parecía que nos necesitásemos el uno al otro, al menos eso era lo que yo deseaba creer. Intentaba no darle demasiada importancia a lo que estaba sucediendo, porque no quería ilusionarme de nuevo, volver a tropezar y volver a sentirme vacía. Sacaba lo mejor y lo peor de mi, podía llegar a crispar mis nervios, alterarme, y a la vez podia ser la persona más dulce cariñosa y deseosa de darme todo lo que necesitaba. Habia llegado a darme tantas cosas que a veces yo era incapaz de separar lo que sentía, y escribía alguna frase demasiado ñoña para mi gusto, y enseguida me retractaba.
Cuando estábamos juntos, el tiempo se detenía y dejábamos que todo fluyese, nuestros más bajos instintos actuaban por nosotros. Me descontrolaba cuando esa mirada gélida se tornaba apasionada y deseosa de poseerme, y hacer conmigo lo que se le antojase. El sexo era increible, escucharle gemir era la mejor melodía que mis oídos podían escuchar. Solo sentir sus manos definiendo mi cuerpo, hacia que el deseo se tatuase en mi piel, y necesitase sentirle dentro de mí, eso hacía que se destuviese el tiempo por un momento.
Esa era nuestra forma de sentir, el sexo, era la forma de curar nuestras heridas y librarnos de todos los tapujos y sinentidos que arrastrabamos.
 
Nuevamente me sentía vacía, sabía que me estaba aferrando, a una situación que era contraproducente para mí. Llamé a Alberto, uno de mis mejores amigos, por no decir el mejor. Aunque él no estaba pasando por la mejor de las situaciones, sabía que no suelo pedir auxilio, así que sin dudarlo se plantó en casa para ver que es lo que estaba sucediendo. Le expliqué la situación, y mis grandes dudas, no podía dejar de darle vueltas al hecho de echar a correr y dejar que el tiempo hiciese lo que yo no podía, alejarme por completo. Alberto sólo me dijoq ue me djase llevar y que dejase de correr continuamente ante las situaciones que me dan pánico porque no puedo controlar y que hacen que me implique.
Tenía toda la razón pero no podía seguir así, mi cabeza volvió a funcionar y apagó la voz de mi corazón, alejate!!! Y sin dudarlo decidí no volver a verle más, llevaba un mes dándole vueltas a esa situación y necesitaba huir. No podía más, y una de nuestras últimas conversaciones, me partió el alma de nuevo.
- Si lo prefieres nos vemos menos, quizás así sea mejor
- Es genial que pienses igual, no vernos tanto hace que nos echemos de menos
- Claro pensamos igual
 
No pensaba igual, claro que no, pero eso demostraba que tampoco quería verme tanto, ya lo había dejado claro en inumerables ocasiones, era complicarse y por supuesto no quería arrastrarle más a mí y mucho menos quería enamorarme más. Estaba cansada de ocultar muchas cosas, siempre he sido fuerte ante todas las situaciones, y jamás había tenido la semsación de acallar mis sentimientos, siempre me he mantenido fría, calculando al milimetro cada cosa que sucedía en mi vida; y esto me estaba superando. Tenía que tomar la decisión correcta o acabaría rozando la locura, así que decidí dejar de verle, sin más.
Le mandé un mensaje y llegó el caos. Nuevamente me llamó cobarde y tube que explicar un millón de veces más porqué me alejaba. Estaba agotada de pensar tanto y dar tantas explicaciones, tan sólo quería que se alejase de mí, no quería pensar en lo bien que estabamos juntos, ni todo lo que perdía al estar sin él. Sólo quería que mi cabeza volviese a regir mi vida, y dejar de darle vueltas a algo que desde el principio estaba abocado al fracaso. Dejé de escribirle en ese mismo instante, estaba agobiada, cansada y necesitaba despejarme.
 
Al día siguiente Laia me convenció para irnos de compras, odiaba las compras, pero con ella, era divertido, hacíamos el idiota en las tiendas y buscabamos la prenda más horrible para que la otra se la probase. Realmente habíamos ido en busca de unas tazas con mensaje que llevamos días mirándo por internet, al no encontrar nada que nos gustase, nos perdimos por las calles y fumos a tomar algo. A Laia no podía explicarle lo que me pasaba, ya que hacía más de un mes que me había avisado que él no era para mí, que sólo estaba jugando y que su amistad era más importante que una tontería pasajera. Y tenía toda la razón. Mi única salvación era no verle, no saber nada de él y no perder más el tiempo.
Nuevamente un mensaje No lo leas!!! pero no puedo evitarlo, Laia se va a casa, y yo sigo dándo vueltas por las calles intentando mantener mi cabeza fría, leyendo sus mensajes e intentando no contestar, pero nuevamente no puedo evitarlo, y contesto. Me dice que se encuentra muy mal, que no puede estar sin verme que me necesita y que quiere saber dónde estoy.

Tras varios mensajes decido que ya es hora de enfretarnos, no podemos seguir así. Espero ansiosa, no sé ni como debo actuar, lo veo llegar, cabizbajo, nervioso y con los ojos rojos de haber estado llorando. Me acerco apresuradamente al estar a un centímetro de su cuerpo, nuevamente, no puedo reaccionar con frialdad y le beso. ¿Porque demonios he hecho eso? Y me alejo inmediatamente, no sé ni lo que me está explicando, intento mantenerme completamente fría. Y nos sentamos a unos metros, al lado de una fuente. El agua me salpica y me relaja, no soy capaz de mirarle a la cara, mantengo mi mirada al frente, y mientras él habla, yo lo único que intento es aguantar todo lo serena que puedo y no soltar ni una lágrima. Pero él sigue hablando, y cada vez se acerca más. No quiero que me cuente ninguna historia, ni que se haga la víctima porque no lo es.
- Te quiero y no quiero perderte.
No me podía creer que hubiese dicho eso, ¿pero que pasa por esa cabeza hueca? ¿Es este el momento que había decidido para decirme que sentía algo? Sé que lo había escrito hace bastantes días, pero nunca se había pronunciado . No sé que hacer, ni qué decir, tan sólo quería acabar con todo. Siempre hace que dude sobre lo que quiero hacer, y mi cabeza va a mil por hora otra vez, y mi corazón late con más fuerza. Consigo girarme hacia él, y me abraza, oh si!!! genial, esto es lo que necesitabas para poder irte a casa, pierdo el sentido y me dejo llevar.
- Si quieres podemos ir a tomar algo 
Se detiene un momento, sorprendido al igual que yo por haber dicho eso, y tan sólo pronuncia un sí, tan bajito que creo que tan sólo ha sido un suspiro.
Comenzamos a caminar uno al lado del otro, esta vez no le siento tan lejos como otras veces, creo que soy yo. Tras diez minutos andando, nos sentamos en una terraza y nos pedimos una cervezas para acompañar la conversación. Dejamos de hablar del "tema" y tan sólo eramos unos amigos charlando, me sentía comoda, y estaba disfrutando de la noche. Miro el móvil y veo la hora, genial, he perdido el último tren.
- ¿Sabes? He perdido el último tren, ¿me dejas dormir en tu casa? Sino tengo la alternativa de llamar a mi madre y quedarme en su casa.
Vuelvo a sorprenderme, si realmente quería huir, porqué le había dicho eso, mis contradicciones y yo deberíamos empezar a llevarnos bien, o empezaré a voverme loca.
Seguimos bebiendo cervezas, y hablando relajadamente, hasta que se hizo tarde y decidió que ya era hora de irnos, nuevamente caminamos, y tras cinco minutos caminando el uno al lado del otro, le acerco a mí cogiéndole del brazo y le beso, en mitad de la calle, busco su lengua y acerco mis manos a su cara, como si con ello le retuviese más rato conmigo. Le necesitaba, aún no enteindo porqué, pero le necesito y le quiero, no quiero alejarme de él aunque sé que es lo mejor para mí.
Continúamos besándonos y acariciándonos, como si nos hubiesemos faltado tanto el uno al otro, que teníamos que recuperar todo lo que no nos habíamos dado en esos días.

Llegamos a su casa, excitados, como siempre nos pasaba al estar juntos. Al llegar a su habitación volvemos a jugar con nuestras lenguas, ese era el preludio de lo que vendría después, apreto su nuca y su boca se abre más, su lengua busca salvajemente a la mía. Y sus manos empiezan a acariciar mi cuerpo, estabamos sedientos de placer. Mis pantalones desaparecieron al instante, y con su mano empezó a acariciarme por encima de las bragas, un gémido hace que separe mi boca de la suya, no sin antes morder su labio inferior con lujuria. Estoy muy excitada y él lo nota, mientras pasa su lengua por mi cuello haciendo que me estremezca, retira mis bragas un poco e introduce su dedo en mi interior.
Eso hace que pierda el norte y le desee aún más, le necesito dentro de mí. Acerco mi mano a su erección, está tan caliente como yo, y nos desprendemos de toda la ropa rápidamente. Le miro fijamente y sabe que le estoy pidiendo lo que necesito. Se vuelve a tumbar sobre mí y noto su erección próxima, le aprieto contra mí. Esa media sonrisa hace que me derrita, porqué sé que va a tomarse su tiempo con mi cuerpo, haciendo que me retuerza de placer.
Baja poco a poco y aproxima su lengua a mis endurecidos pechos y comienza a lamerme rápidamente, dándo pequeños mordiscos, y los aprieta fuerte con sus dedos hábiles. Le miro mientras me lame, me excita demasiado. Y mientras me deshago en sus caricias y en sus manos, noto como fruto de la misma necesidad, se adentra en mí poco a poco, vuelvo a gemir más fuerte. Apretó su boca contra la mía para no gritar de placer, y comienza a moverse al compás de mi cuerpo. Cada vez los gemidos son más fuertes y noto como el primero de los orgasmos recorre mi cuerpo; él para de moverse mientras yo me retuerzo de placer. No cesa en el empeño de darme placer infinito, y provocarme infinidad de orgasmos. Prácticamos sexo durante horas, y de todas as maneras posibles, hasta que al fin noto como su cuerpo comienza a temblar, y sus jadeos comienzan a ser más seguidos y más fuertes, los míos se acompasan a los suyos, hasta que al fin llegamos al orgasmo juntos entre gritos de placer.

Se tumbó a mi lado acariciándome, como si todo ese sexo desenfrenado, hubiese curado todo lo que había pasado esos días.

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